Nos gustaría pensar que esto no va solo de una oportunidad de inversión en el sector.

Que, después de años de presión y de trabajo desde distintos frentes, incluyendo el tercer sector y por que no hay otra, de parte del Govern, por fin se ha reconocido el papel que juegan el medio ambiente, la cultura y los residentes en el valor real de un destino turístico.

Por fin se habla de mejorar las condiciones en las Islas Baleares. Pero el tamaño del presupuesto (287 millones de euros) hace difícil no preguntarse si esto va de transformar el modelo o de volver a impulsar la industria del turismo y la tecnología…

Es la propia industria la que ha llevado a la masificación, y es la misma que sigue sin asumir el coste real de ese impacto social y medioambiental.

Ese coste no desaparece, se traslada a los residentes, al territorio y, en última instancia, a todos, a través de dinero público. Infraestructuras, servicios, mantenimiento del espacio público… todo forma parte de la experiencia turística, y todo eso lo estamos pagando entre todos.

Ahora, en Baleares, 287 millones de euros, financiados con fondos públicos, se destinan a redefinir el modelo turístico, con la digitalización en el centro de la estrategia. Y aquí es donde aparece la duda si ¿hasta qué punto los problemas de convivencia se pueden resolver con datos y herramientas digitales?

Esto no va solo de tecnología. Va más bien de quién ejecuta estos proyectos, de si entienden el problema y de si tienen la capacidad y la intención de trabajar sobre él de verdad.

También va de la capacidad del Govern de gestionar estos procesos con criterio, de exigir, de cuestionar y de no limitarse a comprar la siguiente solución que promete arreglarlo todo.

Porque hay una tendencia bastante clara en este tipo de procesos: los proveedores llegan con la solución antes de haber entendido el problema. Plataformas, sistemas, inteligencia artificial. Todo parece aplicable a todo. Pero sin un diagnóstico real, lo que se implementa no responde a las causas, sino que se queda en la superficie.

El resultado es, muchas veces, que se invierte en tecnología que funciona, pero que no resuelve.

Se generan datos, dashboards y sistemas más complejos, pero los problemas de fondo, la presión sobre la vivienda, la saturación, la pérdida de tejido local, siguen intactos.

El contexto actual, con la inteligencia artificial ocupando el centro del discurso, amplifica este riesgo. Puede aportar mucho, pero también puede convertirse en lo de siempre: una capa más de tecnología que se integra rápido porque encaja en la narrativa, no porque esté resolviendo lo que realmente importa.

Si de verdad estamos hablando de convivencia, entonces la conversación debería ser otra. No qué plataforma se implementa, no cuántos datos tenemos, no qué tecnología está de moda. La pregunta es más simple y más incómoda: ¿qué está cambiando, en la práctica, en la vida de la gente que vive en las islas?

Si de verdad estamos hablando de convivencia, entonces la conversación debería ser otra.

No qué plataforma se implementa, no cuántos datos tenemos, no qué tecnología está de moda. La pregunta es más simple y más incómoda: ¿qué está cambiando, en la práctica, en la vida de la gente que vive en las islas?

Y aquí es donde entra una palabra que rara vez aparece en estos procesos: Rendición de cuentas.

Porque si se están destinando 287 millones de euros de dinero público, lo mínimo es poder evaluar, de forma clara, qué impacto están teniendo esas inversiones. No en términos de ejecución presupuestaria o despliegue tecnológico, sino en resultados reales.

  • ¿Está bajando la presión sobre la vivienda?
  • ¿Se está reduciendo la saturación en determinados espacios?
  • ¿Mejora la calidad del empleo vinculado al turismo?
  • ¿Se percibe un cambio en la calidad de vida de los residentes?

Si no hay respuestas claras a estas preguntas, entonces no hay transformación. Hay implementación.

Medir esto no es trivial, pero es imprescindible. Y requiere cambiar el foco: dejar de medir lo que es fácil, actividad, volumen, uso de plataformas y empezar a medir lo que realmente importa, aunque sea más complejo.

También implica algo más incómodo: asumir que algunas soluciones no funcionan. Y que parte del trabajo es corregir, iterar o incluso parar.

Sin este nivel de exigencia, el riesgo no es solo gastar mucho dinero.

Es consolidar un modelo que sigue sin resolver el problema de fondo, pero ahora con una capa más de complejidad tecnológica.

Si el residente está en el centro, debería notarse. Y debería poder medirse. Y esto lo vamos a seguir con lupa.

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